La lluvia caía con fuerza, pero ni el agua logró apagar la euforia. Reforma se transformó en una marea verde antes incluso del silbatazo final.

Entre paraguas improvisados, banderas ondeando y camisetas empapadas, miles de aficionados se abrieron paso hasta el Ángel de la Independencia para celebrar algo que ya se sentía inevitable: una noche histórica.

El contundente 3-0 ante Chequia no solo desató la locura, sino que confirmó el paso perfecto del equipo de Javier Aguirre, que firmó nueve puntos de nueve posibles en casa.

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La ciudad, rendida ante su selección, encontró en cada grito y cada abrazo una forma de reconocimiento a un equipo que ilusiona.

Llegar al Ángel fue una travesía entre calles colapsadas y emoción desbordada. Pero esta vez, la celebración tenía un sabor distinto. No era solo una victoria: era la certeza de que el sueño mundialista avanzaba con paso firme y, sobre todo, acompañado por una afición que no dejó de creer ni un segundo.

Las trompetas no dejaban de sonar mientras la música mexicana se abría paso entre la multitud, marcando el ritmo de una celebración que crecía a cada minuto. Al llegar al Ángel de la Independencia, las sonrisas eran inevitables: desconocidos se volvían cómplices, compartiendo abrazos, cánticos y la ilusión de que la fiesta apenas comenzaba.

Bajo la lluvia y entre colores verdes, el ánimo era uno solo: quedarse toda la noche celebrando un triunfo que ya se sentía inolvidable.

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