No jugaron un solo minuto sobre la cancha y aun así lograron una victoria contundente. La afición de Corea del Sur se robó el corazón de Monterrey.
Desde muy temprano, las calles de la ciudad comenzaron a llenarse de color rojo. Grupos de seguidores sudcoreanos caminaron por avenidas, plazas y estaciones de transporte público con sus playeras de selección, las caras pintadas y banderas ondeando sobre sus espaldas. Cada aparición despertaba la curiosidad y simpatía de los regiomontanos.
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El flechazo fue inmediato
Bastaba que algún aficionado mexicano lanzara un “¡Corea, Corea!” para que los visitantes respondieran con entusiasmo. Las diferencias de idioma desaparecieron entre risas, saludos y fotografías. El futbol había encontrado una nueva lengua.
El trayecto hacia el Estadio Monterrey terminó de sellar la conexión. En vagones y autobuses, mexicanos y sudcoreanos compartieron canciones, bromas y pronósticos para el encuentro frente a Sudáfrica. Algunos aficionados asiáticos sorprendieron al demostrar que ya conocían parte del repertorio popular de las tribunas mexicanas. Entre carcajadas y una evidente picardía, se sumaron a los cánticos dirigidos al rival, provocando la ovación de quienes los rodeaban.
Al llegar a las inmediaciones del estadio, decenas de aficionados posaban juntos para las cámaras mientras los seguidores coreanos enseñaban su tradicional corazón formado con los dedos índice y pulgar. Los mexicanos respondían encantados al gesto.
La simpatía que despertaron fue tan grande que muchos aficionados locales adoptaron a Corea del Sur como su segunda selección por una tarde. No fueron pocos los que aseguraban que apoyarían a los asiáticos en su búsqueda por avanzar a la siguiente ronda.
Y aunque la hospitalidad mexicana también abrazó a los aficionados de Sudáfrica, el carisma de los visitantes asiáticos terminó por ganar.







